La Ira del Final (del libro “Cuentos del Final”)

Despierto con un sonido indescriptible. Al mirar por la ventana no logro adivinar qué hora es. Un lúgubre tono parece apoderarse del cielo, otrora límpido y brillante. En la puerta, Rosaura observa un punto distante.

–         Ven a mirar el sol –en sus ojos hay una mezcla de tristeza y resignación-. Tal vez pase mucho tiempo antes que lo puedas ver de nuevo.

Me acerco a ella, y sigo la dirección de su mirada. En lo alto el astro, refulgiendo con locura, como anticipándose a las sombras. Y a lo lejos, una mancha oscura avanzando vorazmente sobre el lecho rocoso del desierto.

Corro hacia el pueblo, en el que reinan el caos y el desconcierto. Patrullas militares bajo distintas banderas se mueven por las calles, mientras la gente, desesperada, busca en vano un refugio. A mi alrededor, como una lluvia viscosa, caen gruesos goterones oscuros expedidos por la nube.

Por fin logro llegar a la esquina del comercio, donde la tienda de artículos de librería permanece abierta. Encuentro en su interior a Roberto, que busca afanosamente cajas y bultos para bloquear las puertas. Otras personas intentan encontrar seguridad en el sótano del negocio, pero don Edmundo, el dueño, se niega a recibirlos. “Debe tener miedo de que le roben”, pienso, mientras Roberto me abraza y parece querer ocultarme a los ojos de su patrón.

Al mirar hacia afuera veo que la nube negra, formada por arena y tierra, está cada vez más cerca; comienza a tragarse las casas del borde del pueblo, e incluso veo cómo algunas personas desaparecen en los remolinos que anticipan su paso.

Ingresan en el local una patrulla militar comendada por una mujer de fría expresión. Sin contestar nuestras preguntas requisan un equipo de comunicaciones que don Edmundo guarda en un cajón bajo el mostrador. Rápidamente suben a sus camionetas, y se alejan hacia el extremo opuesto del pueblo.

Logro salir de mi estupor, y pido a los otros que cerremos las puertas y ventanas antes que comiencen a entrar el viento y la tierra que anteceden a la nube. Bajamos las persianas, y las antiguas maderas pintadas de azul crujen con el esfuerzo. Trato de forzar una ventana en altura, y desesperada, me cuelgo de los cerrojos, logrando por fin clausurarla.

Antes de bajar al sótano miro hacia afuera por última vez, y alcanzo a ver con terror cómo la amenaza, ya a pocas cuadras, avanza hacia nosotros.

Cierro una vieja puerta de madera, y como no consigo asegurarla, le pido a unas chicas que me ayuden a mover un mueble, azul igual que la puerta, y con ella bloqueamos el acceso.

Quedan pocos segundos antes de que la tormenta llegue hasta donde estamos. Roberto me toma de un brazo y me arrastra con él escaleras abajo, hacia el sótano. Lo miro a los ojos, y descubro que en ellos no hay miedo. Nos abrazamos y esperamos, mientras la ira del final se sigue acercando… 

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